Contemplativas

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            Querida Raquel:

            ¡No sabes las ganas que tengo de verte y de contarte todo lo que he visto estos días! Creo que las palabras no bastarán para explicar lo sucedido, lo que he sentido, …

            Como no puedo esperar hasta entonces te adelanto algo… ¡necesito tanto contarlo, hablarlo, hacerlo sentir…!

            Ya sabes que, gracias a la bondad de mis vecinos, a pesar de mi cojera me gano la vida apacentando las ovejas junto a ellos. Hace unos días estaba descansando tras unas peñas (hasta dónde llega su bondad que, en los momentos de vela, me permiten descansar), cuando la noche se iluminó sobre nuestras cabezas y una suave brisa nos refrescó el rostro.

            Sin levantarme, me asomé por entre las rocas. Mis vecinos estaban de pie, mirando al cielo, en silencio. Sus rostros transmitían asombro, incredulidad, gozo, … cada cara tenía una expresión distinta.

            No sé cuanto tiempo duró aquello. Cuando la oscuridad nos envolvió de nuevo, mis compañeros se miraron en silencio, con la misma expresión en sus rostros, se sentaron en el suelo y así estuvieron largo tiempo. Luego, Tomás comenzó a hablar y ya ninguno puedo parar. Se quitaban la palabra de la boca unos a otros, reían, se abrazaban… hasta que decidieron ponerse en marcha hacia Belén.

            Iban raudos, alegres. Habían dejado los ganados y la lumbre encendida; yo les grité que aquello era una locura, que el dueño del ganado los iba a despedir, que de qué iban a vivir. Pero ellos no me hacían caso, iban gozosos y me gritaban que algo grande se les había anunciado y que tenían que verlo.

            Me daba envidia de su falta de miedo, de su gozo, pero yo no era capaz de unirme a su alegría. No me había atrevido a levantarme de entre las rocas ante el extraño fenómeno y ahora sentía que me perdía algo.

            Me armé de valor, no sin miedo, y arrastrando mi pierna, fui tras ellos, algo alejada, por temor a los soldados romanos, debido al gran alboroto que llevaban.

            Pero al llegar a los establos de Belén, Raquel, no sé cómo explicarte aquello. Había gentes de todos los alrededores, incluso personas importantes y cultas de más al oriente. Todos hablaban de la alegría de la vida, de la presencia de Yavhé entre los humanos; se lo contaban entre ellos y, a grandes voces, alababan a Dios.

            Según me acercaba a los establos un calor suave apretó todo mi cuerpo. El calor subía en intensidad y me llenaba de gozo. Ese gozo estalló cuando observé a un niño (¿acaso tendría un mes?) sobre uno de los pesebres. ¡Él era el centro de atención y el causante de todo aquel revuelo! ¿Por qué? No lo sé. Sólo puedo decirte que al contemplarle todo mi cuerpo estalló en gozo; la tristeza que desde la muerte de Jacob me acompañaba constantemente, desapareció y hasta olvidé el dolor de mi pierna.

            Contemplar la vida, ese misterio de amor, tocar con mi mano la esperanza. Sentir cómo su manita agarra mi dedo y vuelve a transmitir ese calor a todo mi cuerpo y mi alma… Raquel, verdaderamente Yavhé ama a su pueblo, nos ama a ti y a mí y se acerca a nosotros para mostrarnos claramente su amor. Raquel, ¿cómo hablarte de esto? ¡Qué cortas se me quedan las palabras!

            Y yo, Débora, la triste, la solitaria, la tullida, no me avergoncé de mi bastón y me uní a todo el grupo, sin vergüenza, sin miedo, y grité a pleno pulmón la Gloria de Dios.

            Desde entonces no ha pasado un solo día en el que no nos hayamos acercado a ver al niño y nos pasamos el día hablando de él. A veces, hasta me quedo despierta en las velas de la noche para poder hablar con mis vecinos sobre este nacimiento excepcional.

            Y su madre, Raquel, ¡qué criatura! Nos observa acercarnos, a veces dudosa, a veces alegre y, a veces, hasta parece divertida. Sin embargo, el otro día, cuando intercambiamos nuestras miradas una sombra triste cruzó sus ojos y un dolor punzante atravesó mi pecho, a la vez que recordé a Jacob, mi querido hijo muerto. ¿Qué fue aquello? ¿Qué mensaje de dolor quiso transmitirme de madre a madre? ¿Qué misterio es este, Raquel?